Tenemos que tomar conciencia

No existe tal cosa como la “conciencia corporativa”. Las empresas no son personas. Son manejadas por personas, que pueden tener las mejores intenciones, pero las empresas implican un sistema mucho más grande que ellas, que las trasciende.

Una empresa es, pues, un sistema. Un sistema que organiza recursos y personas con un objetivo claro: generar un beneficio económico. Y no solo debe lograrlo sino que constantemente debe maximizarlo. Esto implica crecer y crecer, acomodando los recursos y personas a su alrededor para que ese crecimiento y ese beneficio sea el mayor posible.

Cuanto más grande la empresa mayor poder tiene el “sistema” y menor cada persona individualmente. Una persona en una empresa de diez empleados tiene mucho más poder para cambiar el rumbo de la misma que una persona en una empresa de 10.000 empleados, no importa el puesto que ocupe.

Cuando vemos los esfuerzos de algunas empresas en términos de “responsabilidad social empresaria” o de ecología, nos da la sensación de que sí pueden tener una “conciencia”. De que sí pueden ser generosas. De que sí se preocupan por el impacto que su funcionamiento genera. Pero esto es un engaño. Las empresas se “preocupan” cuando no les queda más remedio que preocuparse, porque la sociedad se los exige.

Lo que parece conciencia en las corporaciones es la imposición de las voluntades de grupos de personas (consumidores) sobre la conducta del sistema. Esta presión no cambia sus objetivos, sus metas, sino que simplemente les agrega variables (costos) que deben tener en cuenta en su función de maximización. Como implican un mayor costo (y un menor margen, en general, como consecuencia) las compañías suelen resistirse (mucho) a estas presiones.

Casi todos los beneficios de los que gozamos como empleados (vacaciones, jornadas delimitadas, medidas de seguridad en el trabajo, etc.) no surgieron de la “conciencia” de las empresas por cuidar y proteger a sus empleados. Surgieron de la conciencia de éstos y de sus derechos como seres humanos. Y no fueron fáciles de obtener. Las empresas no se “concientizaron” cuando les hicieron reclamos. Hubo (hay) que luchar mucho. Muchas personas murieron en el camino, muchas terminaron en la cárcel. Aún hoy, cuando muchos de estos beneficios son algo común, todavía salen cada tanto en las noticias empresas que hacen trabajar a sus empleados en condiciones inhumanas.

En estos momentos están habiendo cambios profundos en la relación de las empresas con su entorno, con el medio ambiente. La naturaleza, poco a poco, va aliviándose del abuso que sufrió durante años a medida que avanzan las nociones de reutilización, de impacto ambiental y de reciclado. Pero de nuevo, no es que las empresas “tomaron conciencia” de la importancia de estos fenómenos. Simplemente somos los consumidores los que tomamos conciencia de ello y lo hacemos notar en nuestras elecciones y sus consecuencias. En parte se debe a que la tecnología nos dio herramientas que nos dan más poder para enfrentar a estas gigantescas “personas” jurídicas.

Es importante notar en todo esto la importancia que tenemos cada uno de nosotros en como vamos definiendo el mundo. Ese mundo que opera en un conjunto de sistemas (empresas, gobiernos y demás organismos) interconectados en mercados y que definen que recursos utilizamos, cómo y con qué fin. Tenemos que ser concientes no sólo de nuestra importancia sino de la falta de conciencia de esos sistemas. Como dice el dicho, “el ojo del amo engorda el ganado”, así también nuestro ojo atento es el que tiene que controlar a las empresas. Y no esperar que ellas sean “concientes” de sus acciones mientras nosotros nos atontamos en un consumismo inconciente.

Sobre José M. Cané

José lleva adelante este blog con el objetivo entender el cambiante mundo en que vivimos y analizar su impacto en nuestras vidas. Aprender más

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