La cultura del desprecio

El desprecio se está convirtiendo en un fenómeno cultural. Se está filtrando en todos los aspectos triviales de nuestra vida. Y no sólo la ira, aunque también hay mucho de eso. No, me refiero al desprecio puro, descarado e indigno hacia nuestra humanidad. Esto es tan importante y tan tóxico. Cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que esto no es un accidente.

Vivimos en una sociedad que está fabricando desprecio, de manera deliberada y como subproducto de la forma en que vivimos. Lo hace a través de la mercantilización de prácticamente todo, desde las cosas que compramos a las noticias que vemos, a las comunidades mismas en que vivimos.

Nuestras cosas están diseñadas para ser desechadas. Mira lo que estás usando ahora mismo. ¿Cuánto de eso lo compraste en el último año? ¿En los últimos 2 años? ¿Y en los últimos 10? ¿Cuántos años tiene tu computadora? ¿Tu tele? ¿Tus muebles? Compramos algo y esperamos que rápidamente se rompa o se vuelva obsoleto. Incluso queremos que se rompa, para que podamos comprar uno nuevo tan pronto como nos sea posible. La prisa por comprar algo nuevo es adictiva, el hecho de que nuestras cosas se desgasten rápidamente acrecienta la adicción.

"Tirar es mejor que reparar". Nuestras cosas son literalmente producidas con este principio, pensadas para ser compradas en un arrebato de éxtasis del comprador, usadas brevemente y luego tiradas con desprecio, como cuando un adicto lanza lejos la jeringa vacía cuando se le acaba la heroína. Como resultado de esta mentalidad de comprar y tirar, nuestro diseño (con algunas notables excepciones) no se centra en la belleza o el propósito sino en la creación de bienes que se pueden producir barato, se rompan fácil y sean, lamentablemente, dignos del desprecio con que los tratamos.

Las noticias nos alientan a sentir miedo y a desconfiarnos. Un día me puse a ver unos pocos minutos de la CNN en el gimnasio y traté de contar el número de veces que aparecían las palabras "muerte", "matar" y "terrorista" en los títulos rotativos. Perdí la cuenta después de 20 segundos. Entonces, en su lugar, traté de contar el número de titulares no negativos. En 2 minutos, vi un titular que no era totalmente negativo. Uno. Trataba sobre las reservas de petróleo en Irak. Avivar el miedo y la indignación pública es mucho más rentable que hacer preguntas difíciles e investigar problemas reales.

Las noticias, al igual que nuestras cosas, están diseñadas no para informar sino para ser baratas, consumibles y adictivas –mercancías. Donde deberían criticar, las noticias sólo consienten. Donde deberían iluminar, oscurecen. Donde deberían inspirar el diálogo, las noticias encienden los ánimos. Eso halaga nuestra ignorancia, valida nuestros prejuicios, apaga nuestra curiosidad y excita nuestras emociones más bajas. Al hacerlo, nos mantienen enganchados a una (des)información tóxica, nos llenan de miedo, de desconfianza y, sí, de desprecio. Apagando nuestra curiosidad por entender y mercantilizando la información en bocaditos de fácil consumo, las noticias están literal y deliberadamente fabricando desprecio.

Nuestras comunidades son egocéntricas y aislantes. En los Estados Unidos, equiparamos erróneamente la libertad con la propiedad privada de las cosas y nuestras comunidades reflejan esto en una forma muy tóxica. Tenemos demasiadas casas y autos grandes, muy pocas plazas y barrios donde podamos caminar. Gastamos nuestro dinero en cosas, no experiencias. Permitimos, de hecho acogemos, la invasión en nuestros barrios de las grandes cadenas de tiendas y restaurantes, que destruyen los negocios locales. Cantamos el himno nacional en la apertura de un Wal-Mart, lamentando el hecho de que nuestra ciudad todavía no tiene un Starbucks. Vemos homogeneidad como una virtud o, por lo menos, una señal de progreso.

En resumen, hemos mercantilizado no sólo nuestro consumo y nuestras noticias, sino ¡nuestras propias comunidades! Un suburbio en Kansas se ve igual que uno en Nueva Jersey. Pequeñas ciudades en Oregon tienen exactamente las mismas tiendas y restaurantes que pequeñas ciudades en Florida, castigos corporativos de trabajos sin futuro y poca esperanza de algo mejor. Y así nos empobrecimos, tanto económicamente como creativamente, alejados de lo básico de nuestra propia humanidad porque dejamos que nuestro valor sea definido en términos de producción bruta en lugar de potencial. Esta alienación es rampante en la vida moderna. No es, en sí mismo, un desprecio de raza, pero sin duda facilita al rompimiento con nuestro sentido de comunidad y de bien común.

Hemos mercantilizado prácticamente todo en nuestra sociedad, creando así una cultura en la que el desprecio es fácil de fabricar, amplificar y manipular. Este desprecio nos mantiene materialistas, temerosos, alienados, cínicos, apáticos y, en última instancia, obedientes. El desprecio nos llena de tal manera que no tenemos lugar para nada más. Más importante, disminuye los aspectos más maravillosos de la humanidad –la creatividad, la curiosidad, la empatía, las aspiraciones. El desprecio nos ciega a nuestro propio potencial y a la idea de que podemos mejorar.

No quiero terminar aquí. Quiero ofrecer algo más que una evaluación pesimista de como son las cosas. Así que te digo que podemos mejorar. Podemos trabajar hacia un futuro en el que creamos cosas que son valiosas y significativas, en el que abrazamos el mundo y en el que construimos lugares vibrantes y saludables para vivir y trabajar.

Podemos recuperar nuestra humanidad. Realmente, nunca la perdimos. Simplemente estamos distraídos. Si te olvidaste, si te sentís cínico, despreciativo y mercantilizado, acá tenes tres maneras de redescubrir tu humanidad.

  • Juga. Tenemos una tendencia a trivializar el juego como algo sin valor o un desvío, pero cuando lo hacemos estamos confundiendo el juego con la distracción. El juego auténtico es profundamente creativo y comprometido. Se requiere un trabajo emocional y un genuino sentimiento de maravilla y posibilidad. Ya sea a través de la música o el arte o la cocina o, simplemente, estando en este momento con otra persona encontra una manera de jugar.
  • Hace algo para ayudar. Sin ninguna duda hay mucho para hacer. No necesariamente significa ser voluntario o incluso donar a organizaciones benéficas, aunque hay un montón de organizaciones que pueden necesitar tu ayuda. Estoy más bien hablando de una forma de orientarte en el mundo, de ser una fuerza que genera un cambio positivo. Las personas responderán a tu buena voluntad y puede que también lo encuentres compartiendo con ellos. No necesitamos más cinismo o apatía. Necesitamos personas dispuestas a ayudar, en cualquier forma en que puedan.
  • Reconoce tu potencial. Sos capaz de tanto. Si estás leyendo esto ahora mismo, tenes un regalo y una gran oportunidad. Tenes la presencia de ánimo para pensar en estas cosas y una conexión a Internet para juntarte con personas de ideas similares. Reconoce tu increíble potencial. Encontra una forma, la que sea más significativa para vos, para honrar el don de tu situación favorable.

Si sólo sacas una cosa de esta nota, espero que sea esto: simplemente sé humano. Se un ser humano y crea algo –cualquier cosa– que traiga alegría, que alivie el dolor, que ayude a alguien o, sino, que toque el pulso glorioso de nuestra común humanidad. Si haces esto, sólo esto, hará toda la diferencia en el mundo.

 

Robin Cangie es escritora, pensadora y una geek de lo digital a la que le gusta cuestionarse las cosas. Escribe sobre negocios del siglo 21, la sostenibilidad y lo que está en su mente, en su blog robinoula.com. Twitea en @robinoula.

 

Traducido de "Our Culture of Contempt"

Sobre José M. Cané

José lleva adelante este blog con el objetivo entender el cambiante mundo en que vivimos y analizar su impacto en nuestras vidas. Aprender más

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