Entendiendo cómo se producen las crisis financieras

Para andar en bicicleta necesitamos pedalear continuamente. La continuidad en el pedaleo, junto con la dirección, es lo que nos permite mantener el equilibrio. Si dejamos de pedalear, por mucho que tratemos de hacer equilibrio, podremos avanzar un poco con el envión pero eventualmente nos caeremos. El sistema financiero funciona de una manera similar. Las finanzas se componen de una serie de fuerzas interrelacionadas que avanzan de la mano. En la medida en que avancen en la misma dirección y de una manera continua, no hay problemas. Pero al igual que cuando andamos en bicicleta, si por alguna razón las fuerzas que mueven a las finanzas dejan de hacerlo, entonces el sistema eventualmente entra en crisis, se cae.

 

Cuando recién estamos aprendiendo a andar en bicicleta al principio avanzamos temerosamente y prestando mucha atención a los elementos que nos permiten seguir avanzando: el pedaleo y la dirección. Cuando ya nos sentimos más cómodos nos relajamos un poco y podemos empezar a disfrutar del paseo. Eventualmente empezamos a acelerar un poco la velocidad, cuando nos sentimos más cancheros. La brisa en la cara nos alegra el ánimo y buscamos todavía más satisfacción. Entonces, si lo seguimos haciendo bien, pedaleamos todavía un poco más fuerte.

En las finanzas ocurre algo similar. Después de una crisis todos los agentes “financieros” se vuelven muy cautos (aversos al riesgo en términos económicos). Lo mismo ocurre con cualquier inversor que esta comenzando a invertir. Tomamos decisiones de inversión con cierto temor, buscando las alternativas más conservadoras, más seguras, que, consecuentemente, otorgan un menor retorno o rendimiento. Ponemos mucho cuidado en averiguar donde estamos invirtiendo, tratando de entender bien los riesgos, desconfiamos de los resultados demasiado “exitosos”, etc.

Mientras el sistema avanza a paso firme y los resultados son positivos, todos los inversores vamos ganando en confianza. Y con la confianza nos vamos volviendo un poco más “aventureros”, pero, sobre todo, más ambiciosos. Las pequeñas ganancias nos dejan cada vez menos conformes, queremos más. Algunos empiezan a hacer inversiones un poco más riesgosas con buenos resultados. Y los demás nos sentimos tontos por quedarnos mirando en lugar de participar del juego. Y así todos vamos tomando cada vez más riesgos. Pero no solo eso sino que vamos bajando la guardia. La confianza es quizás la peor enemiga de la prudencia. Si hacemos inversiones cada vez más riesgosas y nos va siempre bien empezamos a preocuparnos menos por investigar donde estamos invirtiendo, empezamos a arriesgar cada vez más de nuestro capital (tomamos apuestas más arriesgadas, poniendo más de nuestro patrimonio en juego), los resultados esperados se alejan cada vez más de lo que sería realista esperar, pero eso no nos preocupa. Entramos en una dinámica optimista y confiada.

 

Mientras paseamos en nuestra bicicleta, pedaleando cada vez más fuerte, nos encontramos avanzando a gran velocidad. Y de repente tomamos conciencia de que quizás nos excedimos en el impulso. Empezamos a tener miedo y a preocuparnos por lo que puede llegar a pasar si perdemos el equilibrio a ese ritmo. Esto nos asusta todavía más.

Dependiendo de nuestra experiencia y habilidades para andar en bicicleta pueden darse tres escenarios. Puede que logremos controlar nuestro temor, reduzcamos la velocidad con cuidado y frenemos suavemente. Puede también que reaccionemos con pánico aplicando bruscamente los frenos (con las consecuencias imaginadas). Por último, puede que nos asustemos tanto que directamente saltamos de la bicicleta estrellándonos en el suelo y estrellando así mismo nuestro vehículo. Estas tres situaciones se dan también en los escenarios de crisis financieras (con iguales consecuencias).

 

Como vimos, mientras los resultados de nuestras inversiones sigan siendo positivos vamos a seguir invirtiendo y tomando mayores riesgos. Sin embargo eventualmente llegaremos a un punto en donde algo nos empieza a preocupar. Puede ser que alguna de las inversiones no dio el resultado esperado. Puede ser que tomemos conciencia de que invertimos hasta el salero de la casa y nos asustemos ante la posibilidad de perder todo. O puede haber muchas otras razones. El tema es que nos empezamos a preocupar. Y con la preocupación vuelven la atención y la prudencia. Empezamos a ver donde y cuanto invertimos y vemos que quizás nos pasamos de rosca. Empezamos a notar que los retornos esperados no eran muy realistas. Empezamos a ver que cada vez hay más y más resultados negativos. Y la preocupación se empieza a transformar en temor y el temor, eventualmente, en pánico. Y cuando empieza el pánico la ley es “¡sálvese quien pueda!”

En el caso de las finanzas es el gobierno el encargado de ver como frenar la “bicicleta” descontrolada sin que su pasajero –los ciudadanos– y la misma bicicleta –la economía– terminen magullados y sangrientos luego de estrellarse contra el suelo –la realidad–. Lo mismo que en la analogía de las bicicletas, los gobiernos resuelven la crisis de tres maneras generales, en función de su habilidad y experiencia.

 

El primer caso, dominar el miedo y realizar una transición hacia una frenada suave y controlada, requiere de mucha habilidad y experiencia. Además no siempre es una solución posible. Este tipo de situaciones las vemos, en general, en la reacción ante las crisis en los países desarrollados. Tomemos por ejemplo a Estados Unidos: desde la Gran Depresión, tuvieron situaciones que generaron pánico pero este fue controlado y resuelto sin mayores daños. Las crisis del petróleo a fines de los setenta, la de la bolsa de valores de principios de los noventa y la de las punto com a principios del nuevo mileno, fueron controladas sin mayores daños para la economía norteamericana. Una clave muy importante fue la participación de la Reserva Federal (el equivalente a un Banco Central norteamericano) que aprendió las duras lecciones en la Gran Depresión que le sirvieron de experiencia para controlar las nuevas situaciones de crisis.

 

El segundo escenario, el de la frenada “en seco” o brusca, se da muchas veces en países sub-desarrollados. Generalmente no son los propios países los que aplican el freno sino el sistema financiero internacional. Cuando los inversores invierten con demasiada confianza en estas economías y luego toman conciencia de que quizás corrieron un riesgo que en realidad no están dispuestos a correr, la reacción es poner a salvo sus ahorros. Esto generalmente se traduce en lo que se conoce como “fuga de capitales” (si bien no es la única razón que puede ocasionar una). Esta salida del capital implica para los países un freno brusco aplicado a su economía, frente a lo cual sus gobernantes van a procurar salir lo mejor parados posible.

 

El último caso, el intento desesperado por salvarse, se da muchas veces también en algunos países subdesarrollados pero desde el propio país. Son economías tan débiles o fluctuantes que no reciben mucha atención de los inversores internacionales (o estos se retiran mucho antes de que se desate la crisis). Suelen ser sus propios inversores, si bien en general en un contexto externo que sigue el mismo camino, los que asustados por lo que ven como un choque inminente buscan desesperadamente salvar lo más que puedan. Acá no se trata de salvar la bicicleta –ie la economía– sino de salvarse uno mismo de estrellarse junto con ella. Este escenario se puede dar cuando la bicicleta avanza tan rápido que se cortan los frenos cuando tratamos de frenarla y al ver que no hay frenos no nos queda otra más que prepararnos para el golpe.

Este tipo de situaciones se pueden dar, por ejemplo, cuando se mantiene un “modelo” a toda costa. El contexto en que se desarrolla la economía está en constante movimiento generando presiones que implican un ajuste de políticas. Si éstas no se aplican en tiempo y forma (en muchas ocasiones no ocurre por cuestiones políticas o una ideología económica extremista) la presión se empieza a acumular. Y si nada cambia llega un punto en que todo explota (un ejemplo sería la crisis del 2001 en nuestro país).

 

Cuando los economistas hablan de “enfriar” una economía se refieren a intentar regular la velocidad a la que aquella se mueve para limitar la posibilidad de perder el control. La posibilidad de frenar y sus consecuencias dependen en parte de la velocidad a la que venimos avanzando (que tan inflada está la burbuja), de cuanto y como frenamos. Si la frenada es suave (un poco de desocupación, un pequeño déficit público anticíclico, un poco de inflación) y no nos pasa nada enseguida estaremos pedaleando (creciendo) de nuevo. Si la frenada es brusca (mismas variables afectadas con más intensidad) nos llevará un poquito más de tiempo superar el susto (eso es lo quiere decir “recuperar la confianza de los consumidores”) y arrancar de nuevo. Si nos caímos y nos raspamos todo (altas tasas de desocupación, hiperinflación, default de deuda, etc.), no solo nos llevará más tiempo volver a andar (y ni hablar si rompimos la bicicleta) sino que, además, tendremos que curarnos las heridas (“ajustes” más duros, endeudamiento o “paquetes de ayuda” que hay que devolver después, etc.).

 

Quien diría que los ciclos económicos se parecen tanto a andar en bicicleta, ¿no?, ¡pero cuanto más fácil dominar lo segundo que lo primero!

Sobre José M. Cané

José lleva adelante este blog con el objetivo entender el cambiante mundo en que vivimos y analizar su impacto en nuestras vidas. Aprender más

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