Pasados unos días de la sorpresiva victoria del oficialismo del Frente para la Victoria me puse a analizar un poco la evolución de las elecciones desde la vuelta a la democracia en el ’83; principalmente quería ver (confirmar) mi hipótesis de cuanto influyó en la elección la división de la oposición. Me encontré con algunas intuiciones confirmadas y con algunas sorpresas también.
Lo que más me sorprendió fue el resultado de los primeros en cada elección: los resultados son muy parejos no importa que persona o partido haya ganado: el ganador se movió siempre entre el 45 y el 52% de los votos (salvo para la elección del 2003 de la que vamos a ver más enseguida). El 50,1% de la elección primaria se encuadra dentro de este promedio, como se ve en el gráfico:
El análisis se pone interesante cuando vemos que pasa con el segundo. Con excepción de la elección del ’99, que fue un poco más reñida, se observa una clara tendencia a que el segundo gane distancia respecto del primero:
Al menos en parte pareciera ser que la debacle de la Alianza y la virtual eliminación posterior de la UCR como alternativa política llevaron a una mayor polarización, aspecto que se observa, a partir de la elección del 2003, en el número de partidos que obtuvieron más de 1% de los votos:
También en el porcentaje de votos que sumaron las alternativas que van del 3º al último con más de 1%. Recordemos que es una elección presidencial (es decir, solo uno gana).
En este punto traté de analizar que partidos participaron en cada elección y cuales eran sus historias, pero se demostró una misión imposible (para mí). La variedad y complejidad de partidos, coaliciones y alianzas implican que analizar esto requiere de un largo, concienzudo y paciente estudio. Algunas cosas pude, sin embargo, observar: apenas un par de partidos con más de 100 años de historia (uno casi sin peso como el Partido Socialista, otro con altibajo como la UCR); unos pocos partidos con más de 50 años de historia (el siempre vigente PJ, el poco electoralmente importante Unión Popular); y muchos partidos con 25 años de historia o menos. De estos últimos unos cuantos desaparecieron (mediante fusiones como Recrear o por falta de apoyo como Modin) o son partidos secundarios (caso UCeDé).
Una característica de nuestra política parece ser la variedad de coaliciones. Prácticamente todos los partidos se presentan en elecciones mediante una coalición distinta, que tiende a variar de una elección a otra según los resultados electorales (“Frente para la Victoria” sigue, “Concertación Justicialista para el Cambio” pasó a mejor vida). Lo más dolorosamente irónico quizás sean los nombres de las coaliciones: con una gran popularidad cuenta la palabra “Alianza”, seguida un poco más lejos por “Unión” y, menos popular pero también presente, “Compromiso”.
Un último aspecto que quise analizar es el de la inasistencia a votar. La cantidad de votantes habilitados para emitir su voto que no asisten a las elecciones fue creciendo en el tiempo. Eso no sería del todo preocupante salvo por una particularidad: si esos “no votantes” fueran un partido político habilitado, hubieran salido terceros en las elecciones entre 1983 y 2003… y ¡¡segundos en las últimas dos elecciones!!
Conclusiones opinionadas
No soy politólogo ni sigo particularmente de cerca la situación política del país. Lo que veo basado en los datos y mis humildes apreciaciones es lo siguiente:
- La fuerza política líder del momento tiende a ganar con alrededor del 50% de los votos… sea del partido que sea, tenga la orientación ideológica que tenga, estén los líderes políticos que estén.
- Nuestras tradicionales divisiones internas se están recrudeciendo a partir de la debacle de la UCR. Quedo prácticamente en el camino (para mí, afortunadamente) una fuerza política que si bien no tendió a mostrar los mejores resultados estando en el poder, si supo ser uno de los pocos partidos con historia, una relativa unión y un alcance nacional (es decir, mas allá de Buenos Aires).
- La relativa unión del PJ, que tendió a resolver sus diferencias siempre internamente, hoy parece estarse resquebrajando cada vez más. De esta manera no queda, prácticamente, ningún bastión político sin ser contagiado por nuestras insolubles divisiones.
- La apatía política, que representa más del 20% de los electores en los últimos tiempos y que (intuyo) se da por un gran porcentaje de personas que justifica el voto en lugar de actualizar su ubicación en el padrón, va en línea con la división política y es, de hecho, una de las “fuerzas” políticas más importantes.
- En un sistema político presidencialista como el nuestro este nivel de división es preocupante para la estabilidad democrática; y tristísimo desde el punto de vista del aprendizaje (porque a pesar de las consecuencias históricas de nuestras divisiones seguimos sin aprender a superarlas).
La razón de este análisis es que, de lo poco que leo sobre política nacional y de los lamentos y quejas que normalmente escucho en conocidos, me sorprende lo que siento es una profunda falta de objetividad y de realismo en nuestras apreciaciones de la situación política: que el núcleo popular del PJ se fundamenta en el manejo de una caja política que financia votos con electrodomésticos y planes trabajar, que a los argentinos nos interesa más nuestro bolsillo que el futuro del país, que si el modelo actual tiene nafta para seguir creciendo a tasas chinas o va a explotar todo en 2012, y demás e innumerables variantes. Sin ninguna duda hay puntos de verdad en todo esto, pero muchas de estas cosas me suenan más a excusas para no mirar la realidad y, sobre todo, para no asumir nuestra importancia para cambiarla.
En octubre para mí es claro que nuestra presidenta va a ser reelegida… y no me parece ilógico dada la división opositora (que el segundo en una elección donde gana uno obtenga menos del 15% de los votos y no evalúe una unión o retirarse de la competencia me parece un papelón). Creo que se vienen cuatro años difíciles en lo económico que resultaran de un contexto externo subóptimo y de un modelo que, siguiendo otra de nuestras buenas costumbres, exprimiremos hasta que no salga nada más y tengamos que tirarlo y “comprar” otro nuevo. Pero eso no me saca el sueño, no es nada que no haya leído en algún libro sobre nuestra historia económica, una crisis más (aunque van…).
Lo que me preocupa es como vamos a evolucionar políticamente de acá al 2015. ¿Vamos a seguir enfrentados creyendo que cada uno de nosotros tenemos la única y correcta respuesta? ¿Vamos a seguir esperando que (no se bien como) “se vayan todos” para, ahí sí, poder empezar (más vale tarde que nunca) a construir el país? ¿Vamos a seguir quejándonos, lamentándonos, deprimiéndonos, indignándonos por el país, sin que nuestra bronca nos movilice más allá de una acalorada sobremesa o charla de café? No se. Siempre escucho excusas, razones y peros que nos impiden hacer algo por este país, pero si no hacemos algo es difícil de ver como se podrán solucionar las cosas solas.
Creo que podemos cambiar y salir adelante; no creo que tengamos ningún problema que necesite de grandes y perfectos próceres para resolverlo ni tampoco que sea una misión hercúlea. Simplemente se trata de realizar, cada uno de nosotros, algunas acciones clave:
- necesitamos estar dispuestos a cambiar (y a aceptar los sacrificios que supone todo cambio),
- a consensuar (y aceptar que consensuar es ceder, aunque tengamos toda la razón y creamos que nuestra razón es la única razón),
- a dar el ejemplo (dejar de esperar que sea el otro el que cambie primero, dejar de ver sus defectos y empezar nosotros a mostrar nuestras virtudes),
- a trabajar por el país (y no solo por nosotros, aunque eso implique sacrificar algunas de nuestras comodidades y parte de nuestro tiempo libre),
- a participar de la política (sabiendo que ser candidato es apenas una de muchas formas de participación posibles) y
- mirar más allá de la próxima elección o de la crisis presente y pensar estratégicamente en el futuro país (una alianza, un plan, un proyecto no lo tenemos que hacer unos meses antes de la elección si queremos que sea perdurable).
Creo que la intención de hacer todo eso la tenemos… lo que no estoy seguro es de que seamos verdaderamente conscientes de y estemos dispuestos a pagar el precio (sufrir los sacrificios) que implica… pero de nosotros depende.
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