Como la tecnología nos ayuda a mejorar nuestra disciplina

El control de nuestra disciplina es un tema difícil. Muchas veces tenemos la intención de cambiar o mejorar hábitos o distintos aspectos de nuestra vida; cosas con como empezar una dieta, el gimnasio, estudiar más, buscar un trabajo nuevo, dejar de chupar, salir a correr, organizar nuestro tiempo… Sin embargo nos es difícil lograr constancia; a veces nos es complicado siquiera arrancar. Para colmo, muchos hábitos de la vida moderna parecen jugar en contra de nuestra disciplina.

Nuestros intentos por cambiar parecen seguir un patrón cíclico que se repite una y otra vez con cada intento. El ciclo típico comienza cuando eventualmente algún evento inesperado (pero previsible) nos vuelve a despertar el anhelo que tenemos de cambio. Por ejemplo, si lo que estamos buscando es lograr un mejor estado físico, puede ocurrir que corrimos veinte metros para alcanzar el bondi y después necesitamos ocho minutos para recuperar el aliento; o capaz que un sobrinito con toda inocencia nos preguntó porque estamos tan gordos (un divino el mocoso); capaz que llegó el verano y nos vimos en el espejo en traje de baño… El tema es que con eso recuperamos la motivación (muchas veces abnegada) de hacer algo por nuestro estado físico. Nos decimos, por ejemplo: “ok, a partir del lunes salgo a correr tres veces por semana”. Si estamos muy motivados cuando llega el lunes salimos a correr… y después dejamos de hacerlo por lo menos una semana por el dolor sentido en hasta los lugares más insólitos. Si nos mantenemos suficientemente firmes saldremos a correr 3 o 4 veces más hasta que, silenciosa pero conscientemente, nos olvidamos del tema por unas semanas (o meses). Cuando algo nos vuelva a renovar el deseo y de nuevo repitamos el ciclo casi exactamente igual.

El problema parece un dilema sin solución, pero, por suerte, la tecnología salió a nuestro rescate y aparecieron un montón de programas y chiches para ayudarnos a lograr el milagro (y no estoy hablando del “reduce-fat-fast”, y demás inventos de la industria del “¡Llame ya!”). Desde planes específicos de entrenamiento para hacer abdominales o flexiones de brazo a otros más generales y de marcas conocidas como el miCoach de Adidas o el Nike+ de Nike; pasando por programas para el control del peso, para el control de las calorías que consumimos, para el control de nuestros tiempos y actividades y muchos otros más.

 

La magia de la tecnología

Nos bajamos uno, por ejemplo para entrenar, y la verdad que es una maravilla. Muy prolijito y lindo. De entrada nomás invertimos un buen rato en conocerlo, en hacernos amigos. Completamos los datos, revisamos las secciones, fijamos las metas, leemos los consejos motivacionales y los textos que explican porque fracasábamos (siempre es un consuelo alentador saber el porque de nuestros fracasos, particularmente sí así zafamos de nuestra culpa) y cómo ahora tenemos todas las chances de ganar (siempre es bueno saber que tenemos chances de ganar antes de empezar algo). Cuando terminamos con todo esto casi, casi (pero definitivamente) sentimos como si efectivamente hubiéramos hecho la primera sesión de entrenamiento. Así que cerramos el día compartiendo con todo el mundo en Facebook que empezamos a usar nuestro programita amigo porque esta vez va en serio (y porque todo se comparte hoy en día).

Al día siguiente arrancamos con la primera prueba; extrañamente y por primera vez estamos realmente motivados por empezar. Nos llega un aviso del entrenador por mail y un alerta al celular. Estamos listos; arrancamos.

El primer objetivo que nos fija nuestro simpático entrenador es “correr” 450 metros a trote suave. Puede que por eso cuando volvemos no estamos destruidos como otras veces. A eso se suma la satisfacción de marcar la carrera como completada y la alegría de un simpático dibujito que nos felicita. Generalmente no le damos pelota a esos simpáticos dibujitos, pero este nos felicita por algo que hicimos; es lindo cuando te felicitan, aunque solo sea un dibujito típico con un mensajito estándar. Con esto la base está y nos sentimos motivados para ir por más.

Así cumplimos con todas las metas de la primera semana. Estamos contentos y motivados, no nos duele nada y vemos nuestro progreso en lindos y vistosos gráficos. Todo va perfecto; esta vez parece que lo vamos a lograr.

La segunda semana, sin embargo, la cosa se pone un poco menos copada. El martes por primera vez nos cansamos y el miércoles, encima, empezamos a sentir una molestia en alguna parte de la pierna (no importa cual). El jueves se nos complicó (ahí esta, de nuevo, el mundo moderno entorpeciendo nuestros esfuerzos) y no pudimos entrenar. Igual, por supuesto, nos llegaron todos los alertas del entrenador. Y claro, medio que nos sentimos con un poco de culpa, ¿no?, como que no le cumplimos. Sabemos que es un programita y que los programitas no tienen sentimientos y esas cosas, pero nos pone una cruz roja de meta no cumplida y a nadie le gusta no cumplir. Esto genera como un poco de tensión entre nosotros y el simpático dibujito-entrenador-programa. A esta altura el programita y los dibujitos medio que no nos generan ya la misma emoción (hasta se diría que nos empiezan a romper un poco… el ánimo).

El viernes amanece el día feo… y es viernes… y es el día que el tipo justo nos pone una carrera de 8 kilómetros. A la mañana nomás, cuando todavía no estamos ni cerca de la hora de entrenar, ya nos empieza a dar un poco de fiaca. Pasamos parte del día sufriendo en la disyuntiva interna de si superar la fiaca o claudicar. Encima el día se nos hizo largo (mucho trabajo)… Llegan los avisos del dibujito-entrenador y medio que nos ponen de mal humor porque no tenemos muchas ganas, pero como sentimos una puntita de culpa (una puntita nomás porque ya casi que estamos empezando a superar todo este tema de entrenar), nos prometemos retomar con todo la semana siguiente.

La semana siguiente llega y con ella los mensajitos del entrenador. Esta vez ya no sentimos culpa; lo analizamos bien en el finde y llegamos a la conclusión de que lo importante es aceptarnos como somos. Somos como somos, para bien o para mal, ¡qué tanto! Además con lo que avanza la ciencia ya van a inventar la solución mágica que tanto necesitamos, ¿para que adelantarnos? ¿no?

Sobre José M. Cané

José lleva adelante este blog con el objetivo entender el cambiante mundo en que vivimos y analizar su impacto en nuestras vidas. Aprender más

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