El rol del hombre en la sociedad moderna

Es cada vez más común ver, cuanto más jóvenes las generaciones más marcado, mujeres exitosas y hombres fracasados. Si miramos la universidad o el colegio, las mujeres suelen tener mejores rendimientos que los hombres. En el caso de las universidades, tienen mucho más claro sus intereses de estudio y avanzan más rápido que los hombres. Es frecuente encontrar mujeres que están solteras porque no encuentran un hombre a su altura: mientras que ellas tienen claro que quieren en la vida, cumplieron muchas metas importantes y tienen buenos trabajos, ellos parecen perdidos: son inmaduros, no saben que quieren de sus vidas y huyen de los compromisos.

Los estereotipos en las sociedades tradicionales

Históricamente el rol del hombre fue proveer a su mujer y a su familia de un sustento, ganado “con el sudor de su frente” según el relato bíblico. El hombre era el “jefe” de la familia y lideraba su rumbo; la mujer y la familia lo seguían. Las parejas eran, en cierto sentido, como un equipo, en el que el hombre aportaba el ingreso y la seguridad y la mujer hacía las “tareas del hogar” y era el soporte de su marido.

Una de las características que contribuyó a establecer estos roles era el físico. La mayor fuerza del hombre respecto de la mujer era una diferencia fundamental en una sociedad donde la supervivencia dependía del esfuerzo físico. Otra fue la, llamémosla, “racionalidad práctica”: aquella forma de pensar fría y objetiva, centrada y enfocada en la eficiencia, en oposición al pensamiento femenino más “disperso” y emocional. De esta manera, la mujer tenía en la sociedad tradicional un rol importante pero “secundario”: como ilustra la famosa frase “detrás de todo gran hombre, siempre hay una gran mujer”.

El cambio de roles en la sociedad moderna

Las características que históricamente reflejaban las diferencias de género con el tiempo se diluyeron. A lo largo de la historia, particularmente en el último siglo, la mujer logró imponer sus derechos y alcanzó una relativa igualdad con el hombre. Su rol protagónico creció a medida que las características que hacían que la sociedad fuera “hombre-céntrica” desaparecían. Hoy las mujeres tienen y hacen todo lo característico a ellas… y todo lo característico de los hombres también: son madres y esposas y también jefas y líderes.

En paralelo, el rol del hombre perdió su sustento. En la nueva situación el rumbo familiar se define en igualdad (y muchas veces las mujeres tienen una idea más clara del rumbo a seguir que los hombres), ambos trabajan (y cada vez hay más casos donde ellas ganan mejor que sus parejas). El esfuerzo físico lo hacen las máquinas; quedan muy pocos trabajos donde lo físico juegue una diferencia tan importante como para que el trabajo sólo pueda ser realizado por hombres. La “racionalidad lógica” y la eficiencia están obligadas a dar paso a la creatividad, las emociones y las relaciones sociales. Todo esto, se supone, no es el fuerte de los hombres. Es así que, a medida que la sociedad de la información avanza, las características que priman son las de la mujer mientras que el hombre y su estereotipo parecen abandonados sin un destino o un fin claro.

La crisis masculina y su libertad irresponsable

Desde cierto punto de vista, las mujeres se volvieron autosuficientes: si bien buscan un hombre que las acompañe no lo necesitan para avanzar por la vida: pueden arreglárselas solas, y lo hacen muy bien. El problema es que la vara de exigencia para el hombre en este contexto se mantiene, porque el estereotipo masculino sigue vigente: el hombre tiene que, de alguna manera, ser superior a la mujer. Si la mujer gana bien, el hombre tiene que ganar mejor; si ella tiene claro el rumbo, él lo tiene que tener todavía más claro.

El hombre se encuentra así con una situación difícil: no es necesario (ni para sostener a una mujer, ni para trabajar en la nueva sociedad en formación) pero se le exige igual que si lo fuera. Sin embargo, en la medida en que se siente desplazado y sin un lugar en la sociedad, se dedica a “disfrutar de la vida”. Los hombres se convierten en solterones empedernidos, disfrutan de la noche, de los deportes, viajan, se opifican en un sillón ante la tele o se emboban con los videojuegos, se la pasan en asados tomando cerveza con amigos… No quieren compromisos: trabajaron toda la historia de la humanidad para lograr el sustento familiar, ahora ya no son necesarios, las máquinas y las mujeres pueden hacer lo que ellos hacían, ¿por qué no entonces relajarse y disfrutar de la nueva libertad?

El desafío: encontrar un nuevo rol para el hombre

Se supone que la familia es la base de la sociedad; la familia surge a partir de la formación de una pareja. Para que la relación dure tienen que formar un equipo: el todo tiene que sumar más que las partes. En la pareja moderna pareciera que la mujer “hace todo” y el hombre “no hace nada” (inmortalizado en la figura de Homero Simpson como un gordo tonto e inútil aunque simpático y gracioso). Las parejas modernas no forman un equipo y por lo tanto, no se gana mucho de la relación: entonces las relaciones no duran.

Creo que es imprescindible que cambiemos el estereotipo de hombre si queremos una sociedad equilibrada y si queremos que de la relación de géneros se formen equipos y no rivales competidores. La mujer a lo largo del siglo pasado peleo exitosamente por cambiar su estereotipo y así pudo adatarse al nuevo mundo. Ahora es el turno del hombre. Si bien el estereotipo tradicional no parece tener ya un lugar en el mundo, nadie parece plantear la necesidad de crear uno nuevo. Antes bien hay como una presión solapada a que el estereotipo de alguna manera siga y se eleve al nuevo plano de exigencias que la sociedad plantea. El desafío pasa por lograr un nuevo rol masculino auténtico.

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