La vida como un rompecabezas

Un rompecabezas tiene una imagen final atractiva y un desafío. El desafío se origina en que comenzamos con todas las piezas desordenadas. Siempre es difícil empezar un rompecabezas; cuanto más grande más difícil.

Cuando nos enfrentamos a cientos de fichas sueltas es difícil decidir hasta como o por donde empezar y tendemos a hacerlo por lo más fácil: evitamos cosas como el cielo, el pasto o el agua que tienen un montón de piezas similares que son muy complicadas de ordenar y buscamos los objetos que son más sencillos de identificar y de dar forma.

Al principio es común que nos desmotivemos por lo mucho que hay para hacer y lo poco que avanzamos. De a poco vamos consiguiendo un buen ritmo y empezamos a unir varias piezas. A veces armamos toda una sección, pero cuando la terminamos nos trabamos. En esos casos nos vienen ganas de abandonar; ya nos divertimos un rato, armamos algo, ¿para qué seguir?

Si perseveramos nos vamos a encontrar con la dificultad de hacia donde dar el paso siguiente, como seguir. Damos algunas vueltas, empezamos distintas secciones; nos sentimos un poco trabados, estancados. Cuando la frustración va tomando temperatura de golpe logramos un avance. Nos volvemos a motivar y empezamos a avanzar rápido sobre una nueva sección del rompecabezas.

Eventualmente acomodamos todas las principales secciones. El rompecabezas ya tiene una forma clara y tenemos las fichas que nos falta poner organizadas (por ejemplo por colores), pero el camino en este punto se hace más lento. Nos quedan las partes difíciles y el único camino para terminar de resolver el rompecabezas es avanzar con paciencia y perseverancia. Así vamos probando ficha por ficha hasta ir encajando, de a poco, las que nos quedan. Este momento se hace difícil, árido, aburrido y sin mucha gracia, pero seguimos avanzando.

Poco a poco los espacios se van cerrando; el número de fichas sueltas va disminuyendo. A medida que esto ocurre empezamos a mirar con una serena alegría como estamos cada vez más cerca del final y empezamos a saborear esa satisfacción especial que sale de la misión cumplida, de la tarea superada con paciencia y perseverancia. Cuantas menos fichas nos quedan para poner tanta más satisfacción nos produce hallar la posición correcta de cada una. Ya no tenemos la adrenalina del comienzo pero en cambio tenemos como una mirada mas madura y serena; más equilibrada y tranquila.

Cuando ponemos la última pieza y el rompecabezas queda terminado lo miramos con una sonrisa de satisfacción y alegría. Los esfuerzos y frustraciones del camino nos parecen ahora simples y están casi olvidados. Las dudas que casi nos hicieron aflojar (“no vale la pena”, “es muy difícil”) ahora nos causan gracia; nos reímos de lo infundado de nuestros miedos. Teníamos una misión y la cumplimos: del desorden de fichas inicial supimos armar una coherencia, una imagen con sentido.

Así suelen darse la mayoría de los proyectos que emprendemos, con los mismos altibajos. Incluso es así como se desarrolla el más importante proyecto de todos: nuestra vida. En todos los casos solo de nosotros depende el llegar a la imagen final o quedarnos en el camino.

Sobre José M. Cané

José lleva adelante este blog con el objetivo entender el cambiante mundo en que vivimos y analizar su impacto en nuestras vidas. Aprender más

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