A lo largo del camino que es la vida habitualmente recogemos diversas enseñanzas. Suelen ser pequeñas muestras de sabiduría abreviadas en una frase, una imagen o una canción que resumen un aspecto de nuestra manera de pensar o de entender la realidad; que nos inspiran y guían. Una de esas enseñanzas que recogí en mí camino y me impactó mucho, una vez que la medite bien, es la siguiente:
“Suerte es donde la oportunidad se encuentra con la preparación”
Creo que detrás de esta frase se encuentra una profunda mirada filosófica sobre lo que es la suerte, idea que paso a describir.
Generalmente consideramos a la suerte como algo aleatorio; es una condición que o la tenemos o no la tenemos. De esta manera están esos raros personajes increíblemente suertudos y la gran mayoría de los que sufrimos la mala suerte de que el azar del universo no nos favorece. Es muy probable que entre tus conocidos haya uno de esos afortunados. No me refiero a los que realmente tienen suerte en el azar (y les va muy bien en las loterías y rifas), sino a esas personas a las que la vida parece sonreírles de una manera particular. Son aquellos a los que les salen todas: consiguen los trabajos más interesantes, conocen las mujeres más lindas o más divertidas, tienen las anécdotas más fascinantes, o les suceden los eventos más sorprendentes. En fin, les llegan todas las propuestas y oportunidades que nos gustaría por lo menos una vez recibir nosotros. Lo peor es que muchas veces parece que todo les saliera sin proponérselo. Da la sensación de que mientras nosotros nos esforzamos penosamente para lograr algo a ellos les cae todo como maná del cielo. Parecen, simplemente, favorecidos por una buena estrella, pero creo que hay algo más que eso.
En sus marcas, listos… ¿listos?
Si definimos la suerte según la expresión vista arriba no podremos evitar notar que un componente de ella depende de nosotros: la preparación. Si queremos correr y ganar una maratón, pongamos como ejemplo, es evidente que tenemos que entrenar bien. El entrenamiento se desarrolla a base de mucho esfuerzo y perseverancia desde bastante antes del inicio de la carrera. Sería tonto que esperásemos ganar si empezamos a entrenar un par de días antes de largar; sin embargo es lo que muchas veces hacemos con la mayoría de nuestras metas personales.
Es común que pasemos una parte importante de nuestra vida en una posición de espera. Tenemos un trabajo monótono en el que no aprendemos mucho pero igual nos quedamos ahí y dejamos que pase el tiempo mientras esperamos que “aparezca” la oportunidad de nuestras vidas. Generalmente ni siquiera nos preparamos en el ínterin para ella. Es como que confiamos en que junto con la propuesta surjan, como por arte de magia, las habilidades que vamos a necesitar para desarrollarnos en el nuevo contexto. Lamentablemente, si no estamos preparados lo más factible es que veamos pasar oportunidades por nuestras narices sin que podamos hacer algo por atraparlas, o, peor, que directamente no aparezcan nunca.
Podemos hacer un ejercicio fácil para ver que tan preparados estamos. La prueba consiste en poner por escrito cual sería esa oportunidad que tanto deseamos y describir las cualidades que se requerirían para logarlo.
Pensemos, por ejemplo, en un trabajo largamente añorado que nos desafiaría y motivaría. Escribimos el título del puesto al que aspiramos y hacemos una descripción de los requisitos que imaginamos tendría el aviso de búsqueda. Finalmente (y esta es la parte difícil) miremos cuantas de esas condiciones cumplimos. Esto no significa decirnos “sí, eso lo podría hacer,” sino ver, honestamente, si tenemos realmente las habilidades o conocimientos y si podríamos justificar que las tenemos. ¿Queremos un trabajo donde tengamos que viajar por el mundo pero no sabemos ningún idioma? ¿Buscamos un trabajo donde desplegar nuestra creatividad pero tenemos ocho años de experiencia en una empresa burocrática que nos exige hacer informes monótonos y uniformes? ¿Soñamos con trabajar en ventas pero tenemos experiencia en auditoria donde no estamos casi en contacto con otras personas sino que trabajamos sólo con planillas?
La preparación llama a la suerte
El otro componente de lo que definimos como suerte es la oportunidad. Acá sí podemos quedarnos tranquilos de que es puro azar y, por lo tanto, si no tuvimos oportunidades es porque no tenemos suerte. ¿O no? Si bien la oportunidad tiene una cuota de azar no es una gran parte y, definitivamente, es mucho menos de lo que nos imaginamos. Contrariamente a lo puede parecernos intuitivo las oportunidades que nos llegan dependen mucho de lo que hacemos… y dejamos de hacer.
Si quiero un trabajo donde pueda viajar, aprender idiomas no sólo me prepara para la oportunidad sino que, a través de las personas que conozco, me pueden llegar propuestas. Por ahí otro está en la misma situación y nos ayudamos mutuamente; a lo mejor un compañero estudia porque se lo exigen en la agencia de viajes donde trabaja y nos contacta con su jefe ahí. Aunque nos de la impresión de que necesitamos mucha suerte para que se den situaciones así, es como realmente se dan.
El mundo se maneja en un buen porcentaje a través de las relaciones entre personas: las personas que conocemos, los círculos donde nos movemos, los temas que charlamos. Estos aspectos nos crean vínculos que pueden acercarnos o alejarnos de las oportunidades que buscamos. En las acciones que realizamos para prepararnos para la oportunidad vamos a conocer a nuevas personas que pueden abrirnos puertas impensadas o contactarnos, a su vez, con otros que nos acercan más a lo que buscamos.
Por otra parte, al llevar nuestros sueños a acciones nos motivamos e inclinamos más a compartir con todo el mundo lo que hacemos y lo que queremos lograr. Cuando lo hagamos nos vamos a sorprender por la ayuda que nos puede dar alguien a quien nunca se nos hubiera ocurrido preguntar.
Caminante no hay camino…
Otra característica importante de las oportunidades es que rara vez la Gran Oportunidad viene enseguida. Muchas veces tenemos que seguir caminos raros o que no parecen llevarnos a nuestra meta antes de que salga la oportunidad. Esto marca otra gran diferencia entre los “suertudos” y los demás.
Los “favorecidos por una estrella” tienden a ser mucho más abiertos a todo tipo de situaciones: en lugar de rechazar todo lo que no es la propuesta perfecta, suelen tomar cualquiera camino que parezca llevarlos más o menos en la dirección que quieren ir. Son un poco como esos aventureros que viajan a dedo: saben a donde van pero no pueden controlar del todo el rumbo que los lleva, y si bien el camino casi nunca es recto siempre alcanzan su meta.
Los desventurados “sin suerte,” mientras tanto, muchas veces nos quedamos en el inicio del camino a la espera de que aparezca el transporte mágico que nos llevará sin escalas, ni contratiempos, ni riesgos, ni desvíos a nuestro destino. Vidas enteras transcurren en esta paciente e inútil espera.
Si nos vamos de viaje en nuestras vacaciones lo valioso de la experiencia no será tanto el haber llegado a un determinado lugar sino todas las experiencias que vivimos y compartimos. En la vida ocurre una situación semejante: lo que vale no son tanto las metas que cumplimos como lo que aprendimos y vivimos en el camino.
El mejor viaje es el que logra un equilibrio entre la planificación (saber a donde vamos y que lugares no podemos dejar de ver) y la improvisación (abrirnos a lo inesperado, dejarnos llevar por el momento). Planificar es entender que queremos lograr y como tenemos que prepararnos; improvisar es darnos espacio para el riesgo y los desvíos que hacen al viaje interesante. Los suertudos son los que logran este equilibrio, sobre todo en el segundo punto.
Buscar nuestra propia suerte
De vuelta al punto inicial y luego de realizado este análisis, si empezamos a observar a las personas “suertudas” con atención y esta nueva perspectiva quizás comencemos a notar los patrones que nos permiten “controlar” la suerte.
Si no lo notamos en primera instancia podemos hacerlo proactivamente: si un amigo logró una oportunidad interesante preguntémosle como lo hizo, que cosas considera que influyeron en que le llegara la oportunidad, a través de que conocido le llego y como conoció a esa persona, que habilidades y conocimientos fueron los que marcaron la diferencia y como los adquirió. No importa si lo que consiguió no tiene nada que ver con lo que buscamos: siempre es útil conocer distintas perspectivas porque nos dan nuevas ideas y estrategias.
Como conclusión es importante que apreciemos que buena parte de la “suerte” está bajo nuestro control y que no sale de la nada, aunque tampoco es gratis: requiere de toda una actitud de vida: es necesario hacer sacrificios, seguir caminos sin un destino claro, correr riesgos, equivocarnos… y aprender, pero, sobre todo, tener fe. Tener esperanza de que si confiamos en nosotros mismos y nos preparamos, eventualmente la oportunidad tocará a nuestra puerta.
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