Creo que existen, a grandes rasgos, tres niveles o formas en que las personas entendemos la espiritualidad (y diferentes aspectos de la vida en general). Cada una de ella define nuestra manera de entender el mundo; es decir, como somos, como pensamos y como encaramos la vida.
El primer nivel es el infantil. En él tomamos las enseñanzas que nos dieron de chicos pero no las replanteamos, por lo menos no en profundidad. Creo que es algo que pasa mucho con las religiones, donde las personas siguen de adultos con una comprensión de su religión y sus interpretaciones con la forma simple e inocente con que se suele enseñar a los niños, y que implica una mirada donde todo se cataloga como blanco o negro, sin intermedios y sin discusiones. La consecuencia de esta visión es una realidad distorsionada porque vemos en dos colores lo que es un abanico de tonos. El transitar por la vida inevitablemente nos enseña (lo queramos ver o no) que las cosas no suelen ser sencillas: no existen reglas universales sino que todas tienen excepciones; no existen verdades indiscutibles, sino puntos de vista más o menos precisos sobre una Verdad que no alcanzamos a comprender de una manera inequívoca.
El segundo nivel es el de negación. En este nivel apreciamos que la espiritualidad que nos enseñaron de chicos era muy sencilla, infantil y hasta fantasiosa. La conclusión de esta revelación nos lleva a rechazar lo espiritual; implícitamente negamos la posibilidad de adquiririr una comprensión más profunda de la misma. Muchas veces, además, suele llevar aparejado una negación de muchos valores éticos y morales, como si éstos no pudieran tener también un fundamento fuera de lo espiritual. En este caso seguimos un razonamiento lógico con esta trayectoria: la espiritualidad es infantil e incorrecta; como somos maduros y racionales la rechazamos; como muchos valores surgen de la espiritualidad los rechazamos también. La Biblia es puro verso, entonces no hay nada que rescatar de ella; la oración no tiene sentido, entonces no nos paramos un momento en nuestras vidas a meditar, y así sucesivamente.
El tercer nivel es el de la profundización. Es quizás el más difícil de alcanzar y por eso el menos frecuente. Este nivel, al igual que en el segundo, comienza cuando tomamos conciencia de lo sencillo e infantil de la espiritualidad que aprendimos en nuestra infancia, pero en lugar de negar toda espiritualidad lo que buscamos es una comprensión más profunda y superadora. Implica un camino difícil porque al revés de los otros dos niveles no hay un marco claro que no ayude a orientar nuestras ideas. En este caso está presente una constante búsqueda de sentido, un perseverante esfuerzo por entender y ponderar los grises de la vida. Muchas veces este camino nos lleva a rechazar algunos aspectos de las religiones que seguimos, genera diferencias con nuestras familias o amigos y produce dudas e incertidumbres, pero trae aparejado a cambio una comprensión más profunda, relaciones más íntimas, y nos permite alcanzar un mejor equilibrio y encontrar más sentido.
En el primer nivel nos apoyamos sólo en nuestras ideas heredadas y rechazamos casi todo lo demás. En el segundo, rechazamos todo lo que va contra esas ideas que nos enseñaron y aceptamos casi todo lo demás como válido. En el tercero existe un equilibrio: rescatamos algunas ideas de nuestra infancia y las profundizamos, rechazamos otras y adquirimos algunas nuevas. Quedarnos sólo en lo que aprendimos de chicos nos impide crecer; rechazarlo totalmente nos deja incompletos porque falta una parte de nuestra identidad; la única solución es lograr un equilibrio superador.
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