Ser imperfectos para ser felices

Con el perfeccionismo transitamos un camino que nos lleva a la angustia, y el mundo moderno nos empuja muchas veces en esa dirección. En general no somos conscientes de ello pero lo podemos notar en sus consecuencias: el sufrimiento y la ansiedad.

El sufrimiento del perfeccionista

Perfecto es aquello que no tiene defectos. Dado que nuestra esencia es imperfecta la búsqueda de la perfección implica un intento desesperado por tapar nuestras deficiencias. Con ello buscamos alcanzar algo que no somos, una imagen perfecta o ideal que por nuestras propias condiciones nunca podremos conseguir. Nuestra vida se convierte entonces en una carrera de insatisfacción y desesperanza, porque por mucho que avanzamos nunca llegamos a la meta. Esta situación genera un círculo vicioso de ansiedad y sufrimiento: al fijar nuestra mirada en la meta no reconocemos nuestros progresos y el valor de lo que hacemos, y en nuestra desesperación intentamos con aún más energía alcanzar esa perfección imposible.

El éxito en el perfeccionismo se mide por comparación: que tan cerca estamos del patrón que buscamos alcanzar; patrón que suele ser un ideal publicitario o de película u otras personas a las que buscamos imitar y superar. En esta visión nuestro valor como personas depende de como cotejamos en esa comparación: si estamos mejor valemos más; si estamos peor, menos. La vida se convierte en una competencia donde los demás son adversarios; por eso nuestra relación con ellos genera recelo. Esta situación competitiva hace que sea muy difícil para el perfeccionista el pedir ayuda: es un signo de debilidad el necesitar, e implica una posición de inferioridad. Es también una amenaza a nuestro sentido de ser porque tenemos que admitir esa imperfección que nos esforzamos (mucho) por ignorar u ocultar.

La libertad que da ser imperfecto

Existe otro camino, que brinda paz interior y equilibrio, y es el opuesto. En este caso el foco no está en evitar sino en ver y destapar nuestras imperfecciones, fallas y errores. Este acto de reconocer nuestras limitaciones implica aceptarnos por lo que somos y, también, abrimos a la posibilidad de mejorar. La meta que perseguimos en este caso es una de superación: no tapar lo que somos sino intentar mejorarnos, pero que tan lejos queremos llegar lo decidimos nosotros, no un patrón externo.

El tener conciencia de nuestra debilidad nos da la humildad necesaria para salir de nuestro ego y pedir ayuda. Ese pedido es un acto de esperanza porque implica creer que el otro nos brindará su amor y nos ayudará; también nos hace conscientes de la necesidad que tenemos de los demás para salir adelante: solos no podemos.

Para una persona consciente de sus límites y defectos el recibir un pedido de ayuda inspira compasión, porque entiende la vulnerabilidad y la necesidad en el otro. En este caso, además, nuestro valor no sale de la comparación sino del esfuerzo que invertimos en mejorarnos y en ayudar a los demás a superarse. La vida se convierte así en un esfuerzo de colaboración, donde cada uno ayuda al otro a ser la mejor versión de sí mismo. El ayudarnos mutuamente nos permite bajar la guardia y eliminar el recelo porque podemos confiar en el otro. De esta manera nos liberamos de la ansiedad y alcanzamos paz interior.

 

Es muy diferente un anhelo de superación de uno perfeccionista. Una cosa es buscar extender los límites de nuestra capacidad y otra distinta querer los límites y alcances de otro. Como siempre el camino que elegimos depende de nosotros. ¿Vos que camino elegís?

Sobre José M. Cané

José lleva adelante este blog con el objetivo entender el cambiante mundo en que vivimos y analizar su impacto en nuestras vidas. Aprender más

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