Las personas somos naturalmente curiosas: estamos siempre abiertas a experimentar y probar nuevas experiencias. Cuanto más aprendemos más interesante se vuelve el mundo y más profunda nuestra vida. A pesar de ello, tendemos con el tiempo a resistir nuestra curiosidad: exploramos menos y nos conformamos más.
Muchas veces no somos conscientes de porque cambiamos, de porque algo que ayer nos fascinaba hoy no nos despierta el menor entusiasmo. A veces es nuestra curiosidad la que nos incentiva a cambiar; en ocasiones son nuestros amigos los que nos empujan; algunos cambios se producen casi al azar: un libro que leímos, una canción que escuchamos, una charla que tuvimos. Cuando descubrimos algo nuevo que nos fascina queremos aprender más sobre ello. A medida que aprendemos se nos abre un mundo por conocer y la intriga nos lleva a profundizar en su conocimiento.
En parte porque la vida pasa y en parte porque las obligaciones y compromisos de nuestra rutina nos atan, cada día tenemos menos tiempo a nuestra disposición. De la misma manera, nuestra energía se extingue de a poco. Mientras ocurre esto empezamos a notar una cosa: descubrir y cambiar requiere esfuerzo y lleva tiempo… pero cada vez disponemos de menos energía y tiempo libre. Es así que, de a poco, empezamos a estar menos estamos dispuestos a cambiar o, lo que es lo mismo, a experimentar nuevas cosas.
El sacrificio de cambiar deriva del esfuerzo que requiere conocer algo. En cierto sentido todo cambio implica desechar un conocimiento que ya tenemos (resultado del tiempo que dedicamos a adquirirlo, asimilarlo y desarrollarlo) para lograr uno nuevo (lo que requiere nuestra voluntad para realizar nuevamente el esfuerzo de dedicar tiempo a aprender). El tiempo, sin embargo, no es lo único que perdemos.
Nuestra vida se organiza alrededor de lo que hacemos y en base a lo que conocemos. Los gustos e ideas que tenemos definen con quien y como nos relacionamos: son los puentes culturales que nos unen. Charlamos sobre nuestros gustos, compartimos experiencias relacionadas con ellos y adquirimos recuerdos en relación a ellos. Nuestra carrera profesional, un aspecto en general importante en nuestras vidas, está también atada al conocimiento que adquirimos. Nuestra visión espiritual y práctica del mundo también depende de estos factores. Al cambiar afectamos el equilibrio en todos estos elementos.
Alcanzar un nuevo equilibrio no es fácil porque no todo está bajo nuestro control: las demás circunstancias de nuestra vida no cambian con nosotros: ni nuestras familias, ni nuestros amigos, ni nuestros jefes. La otra cara de la moneda es que si dejamos de cambiar dejamos de crecer y desarrollarnos. Aceptar que no queremos crecer más es conformarnos con menos de lo que podemos llegar a ser.
Creo que la misión de cada persona es llegar a ser la mejor versión posible de sí misma. Crecer implica hacer sacrificios cada vez más grandes y por eso nos resistimos, pero la recompensa de cambiar es proporcional al esfuerzo, y cada uno de nosotros elige que tan grande quiere ser.
Imprimir


