A propósito de El Aleph Engordado

Leyendo sólo los primeros párrafos del texto, si bien entiendo el espíritu del trabajo me parece difícil de defender en términos de derecho de copia. Uno de los aspectos más peliagudos es que mantiene textualmente y en forma completa el original. El autor mismo en su postdata dice que su intención es “no quitar ni alterar nada del texto original, ni palabras, ni comas, ni puntos, ni el orden.” Este es uno de los puntos más grandes en su contra: cualquier remix, hasta donde sé, incluye tomar partes de obra, pero no la obra completa. Otro tema es la ambigüedad intencional en el estilo. En la misma postdata aclara que es su intención: “no intenté ocultarme en el estilo de Borges tampoco escribí con la idea de hacerme demasiado visible.” En la tradición del fair use norteamericano transformar significativamente la obra es un requisito para que la apropiación se considere uso razonable. Acá es muy sutil esa transformación elemento que se acentúa al tomar la obra original completa.

La defensa de Katchadjian se fundamenta en cuestiones literarias: su trabajo es claramente artístico y por lo tanto debería ser aceptado. Si bien comparto que es un trabajo literario, no estoy de acuerdo de que el arte pueda estar por encima de la ley. El estado de derecho se impone sobre las personas. Las leyes existen, justamente, para aportar claridad sobre lo que está permitido o prohibido para evitar las posturas discrecionales. Complementariamente existe un sistema legislativo y judicial para aclarar y actualizar las leyes en función de los cambios en la sociedad y sus posturas. Pretender que acciones individuales pueden estar eximidas de la ley porque un sector de la sociedad las considera válidas es ir contra el estado de derecho.

En la contraparte de la causa se presenta un persistente y dañino problema alrededor de los derechos de copia: los herederos. En la abrumadora mayoría de los conflictos legales sobre los que leí fueron los herederos los litigantes. Rara vez los autores litigan por esta causa. La evidencia en contra de la extensión de los derechos de copia y su impacto negativo sobre la cultura están bastante fundamentados. Cuanto más largo es el período de protección, más lenta es la innovación cultural y más se ve afectada. Los 95 años que protegen nuestra ley, que básicamente alcanzan cuatro generaciones, son por demás extensos. Si a eso le sumamos la necesidad de más flexibilidad que requiere el entorno “mixer” de la cultura contemporánea, parece evidente que nuestra ley necesita una modificación. Lamentablemente en nuestro imperfecto sistema político y nuestra poco comprometida sociedad, las leyes se modifican tarde y mal y la solución habitual es, en consecuencia, simplemente saltarse la ley. Algo que técnicamente hizo Katchadjian, pero que no es en absoluto inhabitual.

Otro factor a considerar en el campo litigante es la mirada anacrónica sobre la literatura. Esto también es una aplicación singular de una situación general: los grandes contrastes generacionales. En una cultura relativamente rígida y conservadora, donde la adaptación se produce lentamente con pequeños cambios, los cambios se producen inter-generacionalmente. Cada generación en sí misma cambia poco a lo largo de su desarrollo por lo que los cambios se producen entre generaciones. Esto provoca fuertes conflictividades de la que este juicio es un ejemplo. Según su abogado, lo que molestó a Kodama no fue la edición sin autorización, sino la transformación y “adulteración” que sufrió la obra de Borges. Es decir, no demanda por un fundamento económico sino cultural. La visión de Kodama sobre lo literario y sus características es anacrónica y choca con la mirada de una generación más joven. Quizás no casualmente, la Ley 11.723 del Régimen de la propiedad intelectual es apenas cuatro años mayor que ella.

En resumen, el relativo conservadurismo de nuestra cultura genera rigideces que se dirimen conflictivamente, muchas veces inter-generacionalmente. Una combinación de informalidad y falta de compromiso contrapuestas a dogmatismos y rigidez, atentan contra la actualización de las leyes, lo que genera incentivos para ignorarlas. Eso da espacio a los conflictos: generaciones jóvenes que justifican su accionar, contemporáneamente válido, y generaciones viejas que justifican sus derechos, legalmente válidos, con los espectadores repartidos entre estos bandos en función de su edad e intereses. En lugar de generar una evolución adaptativa de la cultura y sus leyes, este sistema más dogmático y conservador evoluciona en saltos espaciados con mucha tensión antes, durante y después de cada corrección.